Davies, guionista y adaptador de las obras de Shakespeare y Dickens.
Foto: Reproducción
Como es tradición en el Hay Festival, Peter Florence su director y creador esconde bajo la manga el conejo más valioso, como un mago que guarda el secreto más preciado.
En esta ocasión se trata de Andrew Davies, guionista y adaptador de las obras de Shakespeare y Dickens, entre otros clásicos de la literatura inglesa.
Irreverente y desenfadado, Davies habla de Dickens como si lo conociera de toda la vida, y pareciera verdad que así es cuando uno ve su versión de ‘Orgullo y prejuicio’, llevada a la pantalla en 1995. No por nada, este brillante hombre adaptó también el libro que le dio vida a una película taquillera y sesuda a la vez: ‘El diario de Bridget Jones’.
Según los críticos, el poder de Davies radica en hacer que esas historias que fueron escritas hace tantos años parezcan una historia actual, como si las hubieran escrito ayer. Andrew despierta cierto resquemor entre los ortodoxos porque fija sus ojos en la sexualidad de los personajes que explora y genera una tensión lasciva en todas sus adaptaciones.
Muchos dicen que su éxito se debe a que explota ese ángulo en exceso y hace que los clásicos se vuelvan ´sexies´. Tal es el caso de ‘La pequeña Dorrit’, una historia de Dickens que Davies adaptó para volverla serie. Sin embargo, él mismo asegura que a sus setenta y pico de años, ya no piensa tan frecuentemente en sexo como solía hacerlo.
“Pienso más en comida y en vino, pero sí disfruto mucho de meterme en los zapatos de una jovencita de dieciocho años”.
Las mujeres son parte importante de su vida y de su carrera. “Mi esposa me ayuda muchísimo cuando estoy delineando un personaje femenino”. Lo curioso es que Davies vive con su esposa en dos casas conectadas (como Diego y Frida) en el centro de Kenilworth en Warwickshire.
Andrew estuvo obsesionado con las mujeres desde temprana edad. “Mi mamá era el centro de atención de mi familia, toda una matrona, como decimos en Inglaterra: creía que todo se trataba de ella”. Pero no era solamente la figura maternal la que lo desvelaba. “De hecho tenía muñecas cuando era niño y si jugábamos a la guerra, yo siempre era el herido que tenía que ir al hospital para que lo cuidaran las enfermeras”.
Al acabar esta corta conversación, Davies agradeció y se despidió, no sin antes mirar de reojo el trasero de la periodista que lo entrevistó. Quizás de allí también saque una historia.
- Terra


